Hipocondría

Según el manual diagnóstico DSM-V, la hiponcondría se define como aquel trastorno caracterizado por la presencia de un elevado nivel de miedo, preocupación y ansiedad ante la creencia o el convencimiento de estar padeciendo una enfermedad médica grave, o bien por la posibilidad de estar contrayéndola.

Todos, en algún momento de nuestra vida, hemos sentido cierto nivel de ansiedad ante la constante información con la que nos bombardean constantemente a través de los medios de comunicación: virus, bacterias super resistentes, aumento de casos de cáncer en una determinada población, toxinas en el aire, toxinas en el agua, toxinas en la comida, estrés, ictus… Pero ¿qué pasa cuando la preocupación sobrepasa el límite tolerable y empieza a entorpecer nuestro funcionamiento diario o a generar un malestar significativo de larga duración? Entonces podemos hablar de un acceso hipocondriaco.

Hay personas predispuestas, más sensibles a padecer este trastorno. Ciertos rasgos de personalidad, e incluso la configuración genética influyen en su expresión. Igualmente hay que tener muy presente el factor de aprendizaje, la forma en la que moldeamos nuestras estrategias para enfrentarnos a determinados estímulos, y que se va conformando desde el mismo momento de nuestro nacimiento. Una madre que se excede en las muestras de atención ante cualquier signo de alarma en relación a la salud de su bebé puede influir de manera determinante en la adquisición de esta forma de interpretar la realidad.

El hipocondriaco no basa sus preocupaciones en datos falsos o erróneos. Normalmente, el miedo está  fundamentado de manera presumiblemente lógica. Sin embargo, desde una perspectiva matemática más precisa, haciendo una valoración estadística con todas las variables en juego presentes, podría llegarse a la conclusión de que se está produciendo una sobre estimación del riesgo real. No es que tal riesgo no exista. Sería ridículo pensar que hay personas libres de padecer un problema vascular o una mutación espontánea con el resultado de un tumor maligno. Esa no es la cuestión. El problema con el que se bate el hipocondriaco es la confianza en un análisis estadístico profano. El hipocondriaco realiza estimaciones sin tener en cuenta un buen número de variables, e incluso sin poseer un conocimiento adecuado de probabilidad matemática. Cuando los seres humanos tenemos que realizar complejas operaciones de interrelación de variables para definir la realidad, el sistema, nuestra biología más arcaica, nos ha dotado de una herramienta que ahorra grandes cantidades de energía, reduciendo el trabajo cognitivo a la mínima expresión. En situaciones sencillas, cuando tan solo teníamos que manejar unas pocas variables, como al salir a cazar o escondernos de una tormenta, funciona bastante bien. Pero hoy nuestro mundo es mucho más complejo, y la enorme cantidad de información que debemos manejar en la toma de decisiones ha desplazado esta herramienta evolutiva hacia la marginalidad del sesgo cognitivo. El hipocondriaco, en su valoración del riesgo, se deja llevar por esta antigua fórmula de interpretación de la realidad, generándose un conflicto emocional a veces con consecuencias muy desagradables, con presencia de altos niveles de ansiedad, compulsiones, obsesiones y distimia…

Hablemos entonces de los sesgos cognitivos que afectan al desarrollo de este trastorno, y mientras lo hacemos fíjense en lo común de su uso por parte de la inmensa mayoría de los individuos, solo que en situaciones distintas a la del miedo hipocondriaco.

Sesgo de disponibilidad

El sesgo o heurístico de disponibilidad es un mecanismo que la mente utiliza para valorar qué probabilidad hay de que un suceso suceda o no. Cuanto más accesible sea el suceso, más probable nos parecerá, cuanto más reciente la información, será más fácil de recordar, y cuanto más evidente, menos aleatorio parecerá.

Este sesgo cognitivo se aplica a muchísimas esferas de nuestra vida, por ejemplo, se ha demostrado que doctores que han diagnosticado dos casos seguidos de una determinada enfermedad no muy usual, creen percibir los mismos síntomas en el próximo paciente, incluso siendo conscientes de que es muy poco probable (estadísticamente hablando) diagnosticar tres casos seguidos con la misma enfermedad. En lo que se refiere a la salud, este sesgo también funciona a la inversa. Una persona puede creer que fumar no es malo porque su abuelo fumaba y vivió 80 años. Es la información más accesible, más próxima al individuo, y simplemente la utiliza como modelo de reducción del trabajo cognitivo para la interpretación de la realidad. Así es como nuestro cerebro ahorra energía.

En el fondo consiste en sobreestimar la importancia de la información disponible. Las loterías por ejemplo, explotan el sesgo de la disponibilidad, y es que si las personas comprendiesen las probabilidades reales que tienen de ganar, probablemente no comprarían nunca más un décimo en su vida.

Ilusión de frecuencia

Al parecer, cuando un fenómeno ha centrado nuestra atención recientemente, pensamos que este hecho de repente aparece o sucede más a menudo, aunque sea improbable desde el punto de vista estadístico. En realidad, esto ocurre porque ahora nosotros lo percibimos de forma diferente (antes no le prestábamos atención) y por lo tanto creemos erróneamente que el fenómeno se produce con más frecuencia. Imaginemos que en nuestra nueva crisis de hipocondría nos hemos obsesionado con la posibilidad de padecer un ictus repentino. ¿Cómo se inició el pensamiento intrusivo? Sencillo; el día antes no se te ocurrió otra cosa que ver un documental sobre los efectos de la discapacidad tras el padecimiento de este evento vascular. Seguramente, y a partir de ese momento, te fijarás en las personas con problemas de movilidad, preguntarás sobre las causas y creerás que el fenómeno se está produciendo de manera mucho más asidua que en los momentos anteriores al visionado del documental. Pues no, nada ha cambiado. Tan solo estás centrando tu atención en algo que antes pasaba desapercibido.

Tratar la hipocondría en consulta es extremadamente difícil. Como antes he dicho, el cliente no está siendo totalmente irracional. Sus miedos son reales, están ahí. No hablamos de miedo a los fantasmas, sino a enfermedades y dolencias que afectan a diario a miles, quizá millones de personas. Hablarle de errores de pensamiento solo le va a generar un alivio pasajero, pero que quizá termine en una mayor frustración y un enfado monumental con el terapeuta. La hipocondría no puede tratarse desde la evitación  y generando la idea de irracionalidad en el cliente. Hay que enfrentarse a ella desde el conocimiento científico. El hipocondriaco debe exponerse a la información, debe aprender por sí mismo, llegar a nuevas conclusiones una vez se le ha dotado de mejores herramientas de análisis. Tiene que aprender a reconocer las variables implicadas, así como a estimar la probabilidad de forma académica. ¿Os parece complicado? Pues más complicado aún es mitigar este trastorno intentando convencer al cliente de sus errores cognitivos. Mi visión para afrontar la hipocondría se basa en la exposición masiva al factor miedo, una inundación tal que bloqué momentáneamente al individuo, alcanzado el pico máximo de ansiedad. Es en ese punto de saturación donde el individuo generará por sí mismo la necesidad de iniciar un proceso de psicoeducación  en la probabilística, que le ayude a analizar futuros acontecimientos con mayor precisión.

Mario López Sánchez

Psicólogo

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