No siempre has de preguntarte “por qué”

Como seres con capacidad para racionalizar todo lo que acontece en nuestras vidas, tenemos una tendencia natural a preguntarnos el “por qué” de las cosas cuando estas suceden sin previo aviso y desmontando la realidad que habíamos construido a nuestro alrededor. De alguna manera, imaginamos un mundo donde todo debería tener una explicación lógica adaptada a nuestras necesidades o a nuestros anhelos. Pero eso no es así ni de lejos. El ser humano es absolutamente insignificante en la enormidad del universo. Que existamos o no, que suframos o no, que riamos o no es intrascendente para eso a lo que algunos llaman “creación”. Así pues, la búsqueda del “por qué” para todo aquello que nos sucede suele ser uno de los ansiógenos, de los generadores de malestar, más determinantes en nuestra vida. El “por qué” no siempre es accesible. ¿Por qué enferma un niño de apenas unos meses y acaba muriendo? ¿Por qué un terremoto siega la vida de miles de personas? ¿Por qué mi novia me ha dejado y se ha ido con otro? ¿Por qué aquella lesión truncó la vida del deportista? ¿Por qué unos viven 80 años y otros 2 meses? ¿Por qué…? ¿Por qué…? ¿Por qué…? Encontrar una respuesta que responda a nuestras exigencias emocionales no siempre es posible. Y cuando esto sucede, cuando la realidad no nos proporciona una explicación adaptada a las emociones humanas sobre hechos biológicos, geológicos o físicos, que suceden de manera fortuita, o a situaciones interpersonales en la que influyen estos mismos hechos biológicos, físicos o geológicos, el mundo se torna tenebroso, amenazante, inquietante…  Queremos saber. Pero queremos saber de manera personalizada. Queremos que las respuestas sean clarificadoras, tranquilizadoras, y sobre todo que nos proporcionen la capacidad de manipular los acontecimientos. Y de ahí otra de nuestras tendencias cognitivas más predominantes, la de acercarnos al pensamiento mágico o religioso para darle sentido al mundo. Pero insisto, las cosas no funciona así. Las emociones humanas se construyen alrededor de nuestra experiencia personal, y eso siempre equivale a un mundo imaginado, un mundo diferente para cada uno de nosotros. Cuando las experiencias individuales golpean la construcción de nuestra realidad, es muy común que nos encontramos indefensos ante la incertidumbre. Entenderán entonces que la única solución para salir airoso es adquirir una mayor tolerancia a lo que es inevitable; la constante incertidumbre en la que vivimos.

Cuando nos preguntamos el “por qué” sobre un hecho y queremos trabajar la respuesta, debemos prescindir de las emociones. Las respuestas no se esconden en nuestro sistema límbico, donde las emociones se conectan al resto de las funciones neurológicas, sino que hay que buscarlas en la frialdad de la biología, la física… en definitiva, de la ciencia. Las emociones solo pueden distraerte del objetivo fundamental, que es la resolución de un problema complejo que trasciende a la realidad humana. Pero si tu inquietud no es la de funcionar como un científico, deja de intentar responderte, de buscar una razón de manera automática a todo lo que te sucede, porque eso te llevará a la más oscura e inquietante realidad.

Acepta el mundo como te viene. Juega las cartas que te han tocado. Aprende de tus errores. Disfruta el presente. Construye tu camino… Puede que la explicación esté justo al final… O puede que no. Mientras tanto no te olvides de vivir.

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