Ansiolíticos, o como matar mosquitos a cañonazos.

Artículo escrito por: Mario López Sánchez (Psicólogo)

Se calcula que unos 260 millones de personas en todo el mundo padecen crisis de ansiedad que no saben manejar. En mi opinión, 260 millones es una cifra que se queda corta. Pero eso es otra historia de la que hablaremos en otro momento.

Las crisis de ansiedad, en un país como España, que presenta gravísimas deficiencias en los departamentos públicos de salud mental, suelen afrontarse a través de la medicina primaria, o sea, que llegas a tu médico con el problema y te encasqueta el ansiolítico (benzodiacepina) como remedio instantáneo. Y sí, en la mayoría de los casos, el fármaco ofrece un alivio eficaz y que genera una agradable sensación de bienestar al paciente, que se encontraba hasta el momento superado por las circunstancias. Pero ¿a qué precio? Las benzodiacepinas no son inocuas. Su poder para generar dependencia es directamente proporcional a su eficacia para disminuir la sintomatología ansiosa.

Además de las complicaciones que ya de por sí se derivan de la conducta adictiva al fármaco, los ansiolíticos pueden afectar también a la percepción de la realidad, así como a la toma de decisiones del individuo, perpetuando un problema que de haberse afrontado con técnicas de modificación conductual o de reeducación para el manejo de la incertidumbre, no habrían tenido lugar.

A continuación les transcribo un extracto del artículo escrito por Andrea Ángeles Pérez, en la web _Centro de Ciencias de la Complejidad_.

“Muñoz-Torres y colaboradores analizaron si una dosis de este ansiolítico afecta la capacidad para tomar decisiones con reglas complejas e identificaron las áreas cerebrales relacionadas con el efecto de este psicofármaco. Los resultados de la investigación se publicaron en la revista Experimental Brain Research.

Participaron 9 mujeres y 9 hombres sanos de entre 21 y 35 años a los cuales se les midió el índice de masa corporal (IMC), porcentaje de grasa, niveles hormonales en sangre y se cuidó que las mujeres estuvieran en la primera etapa de la menstruación –folicular temprana–, ya que la forma y eficiencia de los receptores GABA-A sobre los que actúa el ansiolítico cambian durante el ciclo hormonal.

Al azar se les suministró una dosis de diazepam o placebo en la primera sesión. Tras 28 días (respetando el ciclo hormonal) se les suministró el otro compuesto, es decir que si habían consumido placebo en la primera ocasión en la segunda les administraron el psicofármaco, y viceversa. En ambos casos, después de dos horas del suministro se puso a los participantes a realizar una tarea mientras se les tomaban imágenes de resonancia magnética funcional (fMRI) para observar la actividad cerebral.

La tarea se enfocó en el análisis de funciones ejecutivas, funciones que lleva a cabo el cerebro, fundamentalmente en la corteza prefrontal, y que abarcan muchas otras funciones del cerebro, como percepción, conducta motriz, emociones y tareas cognoscitivas, explicó en entrevista vía telefónica María Corsi Cabrera, doctora en Ciencias Biomédicas y autora sénior del trabajo. Algunos ejemplos de funciones ejecutivas son la toma de decisiones, la atención voluntaria selectiva, la pertinencia de una respuesta, verificar si una respuesta fue correcta y la memoria de trabajo.

“[En el estudio] se midió una tarea ejecutiva: la de seguir reglas para tomar una decisión”, en la que se tienen varias opciones a elegir dependiendo de la regla estipulada y la situación. “Una regla compleja puede tener diferentes opciones. Lo que hicimos fue combinar reglas habituales y la contradicción de esas reglas habituales”, aclaró la psicobióloga y profesora titular jubilada de la Facultad de Psicología de la UNAM.

“Se buscó que la tarea “retara” la toma de decisiones de los participantes”, detalló Muñoz-Torres vía correo electrónico. Para ello, utilizaron una combinación de colores (verde y rojo) y señales (flechas y cruces) ante los cuales los participantes debían tomar decisiones.

La idea fue que la tarea simulara la toma de decisiones de la vida cotidiana, explicó Corsi, donde hay una serie de reglas simples y entrenadas, como las señales de tránsito. “Cuando está en rojo paro y cuando está en verde sigo. Pero, ¿qué hago si aunque esté en verde el semáforo viene un peatón?”. En el caso del estudio, detalló Corsi, “dependiendo de la combinación de reglas, el participante tenía que decidir a qué le hacía caso al color o la dirección de las flechas”.

Los investigadores encontraron que, tras la dosis de diazepam, los tiempos de reacción aumentaron tanto en hombres como en mujeres. “Una dosis ansiolítica afecta la toma de decisiones con reglas complejas”, explicó Corsi. Se observó también que el ansiolítico afecta “en especial al sexo femenino”. En el estudio, las mujeres cometieron más errores al seleccionar las respuestas. La resonancia magnética funcional mostró que en los hombres había mayor actividad en regiones prefrontales involucradas en la selección de reglas complejas mientras que las mujeres presentaron una menor actividad”.

Fuente: https://www.c3.unam.mx/boletines/boletin43.html?fbclid=IwAR3iIaGR39GMfmhVwqmZJqx1qwlBUEz2cX_4skOBUKs9TUh9wPgyKDPVq8c

 

La ansiedad es un problema complejo, y en su resolución deben intervenir profesionales de diversas competencias. Nuestro sistema de salud no está preparado para afrontar esta epidemia del mundo neoliberal moderno, y se empeña en poner parches que, lejos de servir al propósito preventivo o curativo, lo que consigue es empeorar y perpetuar la situación.

La toma abusiva y a largo plazo de ansiolíticos, además de lo dicho anteriormente, puede derivar en insomnio crónico, problemas en la conducta sexual, impotencia, anorgasmia, enfermedades neurodegenerativas, deficiencia en la ejecución de las habilidades sociales, mareos, vértigos, dolor de cabeza, aumento de los síntomas ansiosos…

“Todos los especialistas recomiendan no consumir una benzodiacepina más de 14 días. Salvo en pacientes con psicopatología grave”. ¿Quién sigue esta regla? Las benzodiacepinas se están prescribiendo en tratamientos a largo plazo para problemas cotidianos de la vida, desde el duelo, hasta el desengaño amoroso, pasando por fobias de toda índole. La gente no tiene  dinero para contratar un terapeuta privado, y como es obvio buscan el alivio ante un sufrimiento que no consiguen manejar.

Lo cierto es que el sistema público de salud, al menos en España, está intoxicando a una buena parte de sus usuarios como consecuencias de unas políticas zafias e incompetentes, que dejan al médico de cabecera con tan solo la herramienta del psicofármaco.

Por otro lado, las especializaciones aparecidas en psicología, como la clínica o sanitaria, restringidas a un número muy limitado de personas con el suficiente dinero para pagar el tiempo necesario que conlleva superar procesos de selección pública o masters habilitantes de dudosísima utilidad, sin un  contenido formativo que aporte más de lo que ya conoce un graduado o licenciado, amplifican el problema, generando inseguridad entre los usuarios y una carencia espectacular de profesionales con autorización para intervenir en los que el sistema categoriza como “problemas de salud”, cuando en realidad el desencaje social o una educación deficiente representan el factor desencadenante de la mayor parte de las alteraciones conductuales del individuo.

 

Mario Lópeez Sánchez

Psicólogo

Don Benito (Extremadura)

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