La Enfermedad Social

Cuando un organismo entra en crisis genera una serie de reacciones en cadena que desenmascara carencias y/o debilidades que antes permanecían ocultas. A través de la observación clínica este hecho se manifiesta con una escalada de trastornos que suele presentarse de forma sorpresiva en enfermos con patologías graves, ya sea etiquetados como “consecuencia de”, “precipitantes de” o “mantenedores de la enfermedad raíz”. La cuestión es que en el origen y cronificación de la enfermedad siempre pueden identificarse una serie de catastróficas desdichas que permanecieron silentes a los ojos del individuo. Por ejemplo, es habitual que en el enfermo oncológico se disparen los herpes, las infecciones bacterianas oportunistas, problemas dentales, así como descompensaciones en la analítica serológica que, como antes he dicho, pueden ser consecuencia, origen o factores mantenedores.

Pero este acontecimiento en cascada no solo se observa en la clínica fisiopatológica. Las sociedades que entran en crisis también experimentan la aparición magnificada de situaciones que anteriormente se mantenían ocultas a ojos de la población general. Recurramos al ejemplo reciente de la crisis del Covid-19:

Es obvio que la economía capitalista está frontalmente reñida con la salud pública. Hasta ahora, este hecho incuestionable había permanecido minimizado y mitigado por sistemas atención hospitalaria de gestión pública con mayor o menor eficiencia, pero que considerábamos suficientes, ya sea por costumbre o por inconsciencia. Hoy ya no es ajeno a nadie que la salud pública engloba un espectro mucho más amplio que la mera atención médica: La alimentación, las costumbres sociales, los hábitos de vida, el consumo, el turismo masificado, el cuidado del medio ambiente… La salud humana requiere de condicionantes rígidos, que de no atenderlos adecuadamente genera una desestabilización del sistema orgánico que se traduce en un aumento estadísticamente significativo de las patologías tanto físicas como psicológicas. El Covid-19 no es casual. Nuestra falta de respeto por las reglas naturales que mantienen engrasado en reloj de la bioesfera tienen consecuencias dramáticas. Es el precio de la arrogancia humana.

¿Y qué pasa con la salud mental de la población? Le pese a quién le pese, el capitalismo, tal cual lo conocemos, también está reñido con nuestra estabilidad psicológica. Podemos dejar de lado el hecho incuestionable de que España poseé el deshonroso título que se le otorga solo a las peores estructuras estatales de atención psicológica. La mayor parte de la población no puede acceder a servicios de salud mental de calidad, ya sea por la ausencia de medios en el sistema público, como por las enormes tasas de pobreza que imposibilitan afrontar las facturas del sector privado. Pero la salud mental no solo se cuida en la sala de psicoterapia. Al igual que ocurre con la salud física, el médico especialista no es el único responsable de su cuidado. Existen condicionantes de tipo ambiental que se están descuidando, y que la crisis actual está desenmascarando. De una forma u otra hemos adquirido consciencia de la importancia y el impacto que el deporte regular tiene en la salud, al igual que una buena alimentación, así como la eliminación de los hábitos tóxicos (alcohol, tabaco…) Para alcanzar la sostenibilidad a largo plazo de nuestro organismo entendemos que se requiere prestar atención no solo a lo obvio e inmediato. Además necesitamos tomar consciencia de la precisa y delicada maquinaria que tenemos entre manos, cuidándola no solo cuando le suenan los cojinetes, sino antes de que esto ocurra. Sin embargo, en el plano psicológico aún estamos en pañales. Vivimos en un sistema psicológicamente agresivo. Hemos establecido prioridades que atentan gravemente contra nuestra propia naturaleza. Y lo peor es que lo intuimos, pero nos negamos a aceptarlo. El capitalismo caníbal nos ha absorbido hasta tal punto que ya no entendemos la vida sin su presencia omnipotente. Seguimos aceptando como normales esas presiones sociales que nos empujan a un sobreesfuerzo para ganar más y más rápido, para consumir más y más caro, para parecer más, para ser más guapos, para brillar más jóvenes, para no arrugarnos…en definitiva, para vivir acorde a las modas de ordena el capital. Lejos de atender a las necesidades humanas básicas, como la creatividad, el crecimiento personal, la amplificación de la empatía y la aceptación de la diversidad, decidimos mirar solo a esas pantallas enormes de televisión que nos dicen como es normal vivir, como hay que pensar, como es mejor trabajar y que necesitas para ser feliz. Nos estamos devorando a nosotros mismos. Y lo hacemos despacito, para que las alarmas no salten hasta que ya solo te queden los muñones de los pies y las manos. El capitalismo ha convertido la cultura en un negocio donde solo caben los grandes ventas acomodados, la sexualidad en una especie de coto vedado para jóvenes hipnotizados por la farsa de la pornografía comercial, las ciudades en hervideros de terrazas para el ocio nocturno, que impiden el descanso, el sueño y el silencio que requiere una mente saludable, el deporte en una competición narcisista frente al espejo, la alimentación en una industria de engorde y sacrificio, la farmacología en la falsa panacea de la felicidad, la naturaleza en un privilegio para pudientes con propiedades en lugares protegidos.

El Covid-19 nos está mostrando nuestra cara más frívola, salvaje, despiadada y deforme, esa que permanecía soterrada bajos las vayas de publicidad de nuestros aparatos de pantalla plana. Estamos observando el compendio de síntomas de carácter social que se disparan solo cuando la enfermedad raíz ya está muy avanzada. Y quizá sea tarde para revertirla.

Mario López Sánchez

Psicólogo y Presidente de la Asociación Española de Psicología Generalista

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