Misterios de la Mente: “Amnesia anterógrada”.

La amnesia anterógrada suele cursar tras un traumatismo craneoencefálico. Aunque también puede sobrevenir como consecuencia de un tumor o incluso por el consumo excesivo y continuado de alcohol. A diferencia de la amnesia retrógada, que se manifiesta con la pérdida de recuerdos ya almacenados, en la amnesia anterógrada el sujeto pierde la capacidad de conformar nuevos recuerdos. El individuo sabe quién es y puede conservar en la memoria su propia historia vital hasta justo antes del momento en que se produce el daño cerebral. A partir de ahí, los mecanismos de adquisición de memoria a largo plazo situados principalmente en el hipocampo dejan de funcionar correctamente, así, los afectados pueden retener nuevas experiencias a través del sistema de memoria a corto plazo, pero les resulta imposible almacenar datos más allá de unos pocos minutos u horas, al menos no de manera explícita o consciente. Y ahí es donde reside el misterio.

La amnesia anterógrada nos ha enseñado a separar entre la memoria implícita y la memoria explícita. De hecho puedes dañar una sin afectar a la otra. Consideremos por tanto a un paciente con amnesia anterógrada al que intentamos enseñar a jugar al difícil juego de acción Call Of Duty. Durante toda la tarde, partida tras partida, nos esforzaremos al máximo para hacerle entender los entresijos del juego. Pero al día siguiente el paciente ya no se acordará de qué es el Call Of Duty, ni de haber jugado nunca a semejante cosa, ni tampoco de nuestra cara. Sin embargo, al volver a jugar nos encontraremos que el sujeto ha aprendido al mismo nivel esperado que un “no amnésico”. ¿Qué ha pasado aquí? De manera implícita su cerebro ha aprendido a jugar, solo que ese conocimiento es inaccesible para su consciencia. Podríamos repetir la operación cientos de veces, y día tras día el paciente no recordaría qué es el Call Of Duty ni quienes somos nosotros. Pero llegaría a convertirse en un experto sin saber como ni por qué.

Los procesos de memorización pueden ser explícitos o implícitos. Los explícitos forman parte de esos procesos de los que somos conscientes de como se han llevado a cabo: estudiar para un examen, conducir… Podemos rememorar como se produjo gran parte del aprendizaje. Sin embargo existe otra forma de aprender, un proceso de memorización inconsciente al que denominamos implícito. El sujeto ni tan siquiera sabe cómo ha adquirido determinadas habilidades. Para ilustrarnos con un ejemplo vamos a hablar de los sexadores de pollos:

Los mejores profesionales del mundo son japoneses. Su trabajo consiste en separar a los polluelos de pocos días de vida entre machos y hembras. Este proceso es necesario para adaptar los programas de alimentación al género. El sexador de pollos coge al animal y determina el sexo para luego colocar a machos o hembras en distintos recipientes. Puede parecer sencillo, si no fuera porque los polluelos machos y hembras son prácticamente idénticos. Los japoneses inventaron el método, denominado examen cloacal. La mayor parte de los sexadores de pollos del mundo viajan a Japón para aprender la técnica. El misterio es que nadie es capaz de explicar exactamente como lo hacen. Las pistas que se utilizan para determinar el sexo del pollo son tan sutiles que ni los mismos maestros son capaces de definir cuales son. El maestro se coloca al lado del aprendiz y observa. Entonces el aprendiz coge al polluelo, examina su parte trasera y lo colocan en uno de los recipientes. Inmediatamente el maestro dice sí o no. Después de haber repetido esta actividad durante semanas o meses, el cerebro del aprendiz alcanza la maestría, solo que de manera inconsciente. De alguna manera consiguen aprender a captar esas pistas sutiles en los genitales del pollo que nadie es capaz de definir de manera consciente.

Esta forma de adquirir conocimiento puede extrapolarse incluso a nuestra vida emocional, con las repercusiones que ya pueden imaginar. Gran parte de nuestra forma de reaccionar ante los acontecimientos del mundo se establecen en estratos inconscientes, a los que a veces llamamos intuición, corazonada, pálpito.

Nuestro cerebro está lleno de misterios, algunos insondables, otros no tanto.

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